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jueves, 30 de octubre de 2014

ANÉCDOTAS FLAMENCAS II

José Francisco López

Retomamos las anécdotas flamencas con el mismo ánimo del número anterior de nuestra revista, es decir, siendo conscientes que la tradición oral ha podido variar elementos sustanciales de estas anécdotas. Pero como he dicho otras veces, sean más o menos ciertas, más o menos exactas, reflejan, en casi todos los casos, una manera de entender el Flamenco, la Música, la vida en general. No cabe la menor duda que son un elemento sustancial para el conocimiento de épocas, maneras de sentir y, en definitiva, maneras de vivir…

Esa manera de vivir, de ser, es lo que se descubre al conocer que la genial Carmen Amaya tenía una generosidad sin límites. Decía en una entrevista periodística: "No; de verdad que no he manejado nunca plata; me estorba, y no creo que se haya dado el llegar a casa a acostarme con dinero encima. Hay muchas desgracias por el mundo, y si por casualidad lo tengo, al primero que me lo pide se lo doy, o si no me lo pide nadie, pago por un paquete de cigarrillos diez veces más de lo que vale, pero ya me voy sin la preocupación de tener ni una perra chica encima y me duermo a gusto".

En otra ocasión le preguntaron sobre la fama:

- “­Carmen, ¿qué dices tú al sentirte tan famosa?”
- “­Mira, a mí lo que me interesa es lo feliz soy con mi marido y un tomate recién sacado de un huerto. Yo con eso me conformo”.


Manuel Barrios ha contado que en casa de Manuel Torre ocurría, cada noche, algo sorprendente, y es que las vecinas esperaban hasta que Manuel llegaba “a las tantas” de trabajar, porque les susurraba la nana a sus niños y ellas esperaban para escucharlo.

Relacionado con Manuel Torre es el delicioso pasaje del libro de memorias “La arboleda perdida” de Rafael Alberti, donde nos cuenta como en una fiesta en la residencia de Ignacio Sánchez Mejías en Pino Montano llegaron el guitarrista “Manuel Huelva, acompañado por Manuel Torres, el Niño de Jerez, uno de los genios más grandes del cante jondo. Después de unas cuantas rondas de manzanilla, el gitano comenzó a cantar, sobrecogiéndonos a todos, agarrándonos por la garganta con su voz, sus gestos y las palabras de sus coplas. Parecía un bronco animal herido, un terrible pozo de angustias. Mas, a pesar de su honda voz, lo verdaderamente sorprendente eran sus palabras: versos raros de soleares y siguiriyas, conceptos complicados, arabescos difíciles.
–¿De dónde sacas esas letras? –se le preguntó.
–Unas me las invento, otras las busco.
–A propósito –dijo entonces Ignacio–. ¿Por qué no cantas eso que tú llamas “las placas de Egito”?
Sin casi dejarnos tiempo a la sorpresa ante tan peregrino título, Manuel Torres se arrancó un extraño cante, creado totalmente por él. Al acabar, después de un breve silencio estremecido, le rogamos nos explicase cómo había llegado a ocurrírsele aquello.
El gitano, seria y sencillamente, nos contó:
–Una noche me llamaron unos señores amigos. Fui. Por más que se bebió y me jalearon, yo no estaba esa noche para cante. Lo poco que hice, lo hice mal. No me salía. La voz no se me daba. Me tuve que marchar muy triste y preocupado. Anduve solo por las calles, sin saber qué hacía. Al pasar por la Alameda de Hércules, me paré ante un kiosco de la feria a escuchar un gramófono. Las placas daban vueltas y vueltas cantando yo no sé qué historia del rey Faraón. Seguí para mi casa con todo aquello en la cabeza. Cuando ya iba pasando por el puente de Triana, se me aclaró la voz de pronto y empecé a cantar eso que acaban de oír ustedes: “Las placas de Egito.”
Nos quedamos atónitos, y más, comprendiendo que lo que el genial cantaor había escuchado en la feria eran seguramente –e Ignacio nos lo corroboró después– algunos discos, que por entonces muchas gentes los llamaban placas, de “La corte de Faraón”, divertida zarzuela, famosísima en toda España. Y aquello que todos pensamos, lógicamente, serían las plagas de Egipto para Manuel Torres fueron las placas, llegando así el gitano por ese camino de lo popular, compuesto a veces de ignorancias o fallas de la memoria, a su rara y magnífica creación: una nueva copla de cante jondo, sin sombra ya de tan absurdo modelo.
Manuel Torres no sabía leer ni escribir; sólo cantar. Pero, eso sí, su conciencia de cantaor era admirable. Aquella misma noche, y con seguridad y sabiduría semejantes a las que un Góngora o un Mallarmé hubieran demostrado al hablar de su estética, nos confesó a su modo que no se dejaba ir por lo corriente, lo demasiado desconocido, lo trillado por todos, resumiendo al fin su pensamiento con estas magistrales palabras: “En el cante jondo –susurró, las manos duras, de madera, sobre las rodillas– lo que hay que buscar siempre, hasta encontrarlo, es el tronco negro de Faraón”.
García Lorca, otro de los asistentes a aquella fiesta rememorada por Rafael Alberti, escribió en sus “Viñetas flamencas” de “Poema del cante jondo” la siguiente dedicatoria:
“A Manuel Torres, Niño de Jerez, que tiene tronco de Faraón”.

A continuación referiremos la siguiente anécdota, que comentó en una conferencia nuestro querido Félix Grande, y que tiene como protagonistas a varios de los mejores guitarristas de la historia del flamenco, y que decía más o menos así: "Hace años, Sabicas ofreció una actuación en Madrid. Y unos días después, Manolo Sanlúcar. Éste, que vio que Paco de Lucía estaba en la segunda o tercera fila, se dirigió al público y pidió un aplauso para “el más grande guitarrista de la historia”, que está entre nosotros. Después, estaba en una taberna cercana el propio Paco de Lucía con los también grandísimos guitarristas Pepe y Juan Habichuela, Serranito y el marido de Manuela Carrasco, cuando llegó Manolo Sanlúcar. Paco le dijo:

- Ha pasado una cosa muy grave. En una fila del final, estaba el maestro Sabicas.

 Manolo Sanlúcar se puso blanco. A la mañana siguiente, cuando se levantó, buscó una floristería en Madrid, donde estaba todo cerrado, y le envió un ramo de flores a Sabicas con la siguiente nota: “Perdone, usted, maestro”.

Algunos artistas han acabado en la cárcel o ante un juez por razones curiosas. Antonio el bailarín, en su libro “Mi diario en la cárcel”, recueda una condena por blasfemia que le llevó a la cárcel. Eran los últimos años del franquismo cuando el bailarín rodaba en la plaza de Arcos de la Frontera El sombrero de tres picos, bajo la dirección de Valerio Lazarov. En un momento dado lanzó una exclamación que un cabo de la Policía Municipal juzgó irreverente. Fue juzgado y encarcelado por blasfemia y escándalo público.

A José Domínguez, El Cabrero, también lo condenaron por blasfemar. Así lo cuenta Félix grande en su “Agenda Flamenca”: “El Cabrero cantaba en Alcolea, un pueblo cordobés, tras una discusión de carácter familiar, el cantaor tuvo un fallo de voz y una pequeña parte del público comenzó a berrear, en alusión a su condición de pastor de cabras. El Cabrero, en estado de gran excitación nerviosa, abandonó el escenario con la frase ¡me c… en Dios!, habitual en el mundo rústico en que se desenvuelve. El Cabrero fue procesado y condenado por el juzgado de instrucción a cinco meses de prisión. Sus abogados consiguieron reducir a dos meses esa sentencia.”





Cuentan que en otra ocasión el cantaor Ignacio Espeleta, del que se dice que era un poco vago y también muy gracioso, fue detenido por la policía. Ocurrió que el cantaor todas las tardes iba después de comer a una plaza cerca de su casa. Se sentaba y echaba la siesta. Una vez hubo unas huelgas con obreros pidiendo la jornada de trabajo de ocho horas. La policía hizo una batida y en una de ésas, Ignacio, que era conocidísimo en Cádiz, y estaba por allí acabó pillado y en comisaría. El inspector fue tomando declaración uno a uno, y cuando llega a él, le dice:

- “Pero hombre, don Ignacio, ¿de modo que usted también pide las ocho horas de trabajo?”

- “Pero ¿qué está usted hablando, ocho horas de trabajo? Yo, ni dos minutos”, respondió Ignacio.


Félix Grande me contó que presenció una especie de duelo flamenco entre un Camarón en plenitud y un Caracol, ya mayor, en la Venta Vargas. A mí me lo contó en Arahal, en el transcurso de una comida cuando vino a recoger el galardón “Verde que que quiero verde” en el V Memorial Niña de los Peines “Al Gurugú” en junio de 2006, aunque me consta que la ha referido en otras ocasiones, de hecho voy a reproducir la anécdota tal y como la cuenta literalmente Carlos Lencero, en su libro “Sobre Camarón. La leyenda del cantaor solitario”.  El origen de la historia se remontaba muchos años atrás cuando Camarón, siendo un niño todavía, le cantó al maestro Manolo Caracol en la Venta Vargas, y parece que el genio sevillano comentó simplemente “no está mal”, sin darle más importancia. Parece que Camarón lo guardó siempre en su alma como una especie de afrenta, que muchos años después quedó saldada. Carlos Lencero lo cuenta así:
“Félix Grande, en un largo artículo que escribió tras la muerte de José, cuenta una anécdota en la que creo dice no haber estado él presente, pero que le fue narrada por un espectador fiable.
La anécdota, contada un poco libremente y dándole unos ligeros toques narrativos, podría inaugurar un nuevo género cinematográfico: el western flamenco.
Es de noche cerrada. Sin luna. Una venta en el campo, alejada de la ciudad. Unas chumberas. En el amarradero, un bonito cartujano. Una voz y una guitarra surgen desde el interior de la venta. Una reluciente Harley Davidson, niquelada y silenciosa como la muerte, se detiene frente a la venta. El hombre que la conduce piensa que sólo Manolo Caracol puede estar haciendo aquello con el cante.
Sentado de espaldas a la puerta, un codo en la mesa, una copa de cazalla en la mano, la otra divagando por el espacio infinito, Caracol canta por fandangos. Es fácil reconocer el tono de la guitarra: el cuatro por medio. El cuatro por medio era el tono natural de Camarón y en la guitarra se corresponde con el do sostenido modal.
Las puertas abatibles de la venta se abren y un hombre joven, vestido de cuero negro con chapeados de níquel en la chupa, botos jerezanos negros, gafas negras y pelo rubio, aparece en escena. Se adelanta unos pasos y se coloca en un segundo plano, entre Caracol y el guitarrista. Cuando Caracol remata su fandango, el joven rubio le indica al tocaor que ponga la cejilla en el cinco por medio. Caracol vuelve un poco la cabeza, lo mira, y lo reconoce:

-¿Qué pasa, Camarón?
-Nada, maestro. Pasaba por aquí, le escuché y me tuve que parar. Además, la verdad, tenía ganas de cantar un rato.

Camarón cantó al cinco por medio y el silencio se espesó como la nata. Caracol remató la cazalla. Y pidió otra. Mientras se la servían, dijo: Ponla al seis por medio, muchacho. El guitarrista puso cara de estúpido. Camarón sonrió. Caracol arrancó muy fuerte y llegó justo al remate con las manos cerradas. Y dijo:

-¿Tú quieres tomar algo, José?
-Gracias, maestro. Pero no. Y tú, ponla al siete por arriba.

Caracol se aflojó el pañuelo florido que llevaba en el cuello. Mientras José cantaba, cerró los ojos. Vio al niño rubio, canijo, blanco, insignificante. Se vio a sí mismo, un rey viejo y borracho. Y escuchó:

En mi mente,
el orgullo y el querer
se pelean en mi mente;
una guerra sin cuartel
donde no existe la muerte;
sólo existe una mujer
            ANTONIO SÁNCHEZ PECINO

El silencio, ahora, se podía cortar con un cuchillo como se corta un queso de bola. Caracol se puso en pie, apretó los puños y salió a la arena del siete por medio:

Que me costó un dineral,
yo tenía un caballo bayo
que me costó un dineral,
y ahorita lo ando vendiendo
por lo que me quieran dar.
¡Esa es la pena que tengo!
            POPULAR

Y cayó reventado en la silla. Las venas del cuello y de la frente como enormes espaguetis azules. Sin aire. Casi sin vida, levantó la copa de cazalla al aire con la grandeza y el misterio de los perdedores. Y luego, siguiendo su costumbre, atornilló el aguardiente de un trago.
Antes de que pudiera dejar la copa sobre la mesa, Camarón dijo:

-Ahora le voy a cantar un fandango, que se lo dedico yo a usted... Pon la cejilla en el ocho, tío. Por Huelva.

María Picardo lloraba en un rincón de la cocina. No había querido verlo. Oírlo solamente ya le hacía llorar. Ella y Juan Vargas sabían, desde que vieron aparecer a Camarón, que la sangre de la música iba a brillar para siempre chorreando en las paredes de la Venta.

Malpago,
adiós, calle del Malpago,
cuántos paseos me debes,
cuántas veces me han tapao
la sombra de tus paredes,
las tejas de tus tejaos.
            POPULAR

Camarón apoyó una mano en un hombro de Caracol y le apretó suavemente. Luego, despacio, muy despacio, el hombre vestido de negro desapareció tal y como había venido.”

martes, 10 de agosto de 2010

ENTREVISTA A FÉLIX GRANDE

(Publicada en la Revista "El Unicornio" nº 22 en junio de 2006)

Por José Francisco López (Arahal)



FÉLIX GRANDE: “No ha habido una familia como la de los Pavón en la historia del Flamenco”.

Escribía Félix Grande en el preludio de su libro “Agenda Flamenca”: “Todo libro aspira a ser una conversación, una tertulia en donde charlan el escritor y sus lectores”. Y esa era la intención de esta entrevista, una conversación con uno de los galardonados en el V Memorial Niña de los Peines “Al Gurugú”. Y la entrevista se convirtió en conversación, y la conversación en tertulia y si en otro número de nuestra revista decía que Félix Grande era una de mis debilidades, aun sin conocerlo, por su palabra escrita y oída; ahora he de confesar que tras compartir con él varias horas de tertulia, se ha convertido en una persona que ha dejado en los entresijos de mi memoria mucho más que palabras, ha dejado una actitud ante el flamenco, la palabra poética y la vida de un auténtico flamenco cabal.

Félix Grande es flamenco, poeta, ensayista, narrador, letrista... Nació en Mérida en 1937.
Ha obtenido los premios de poesía Alcaraván (1962), Adonais (1963), Guipúzcoa (1965), Casa de las Américas (1967), Nacional de poesía (1978) y Manuel Alcántara (1996); de narrativa, Eugenio D’Ors (1965), Gabriel Miró (1966), Barcarola (1989) y Felipe Trigo (1994); de ensayo, Hidalgo y Nacional de Flamencología (1980). En 2004 fue galardonado con el Premio Nacional de las Letras.
En 1998, y por votación popular coordinada desde la revista El Olivo, fue proclamado el mejor escritor de temas flamencos.
Además de su narrativa y sus libros de poemas como ensayista es autor de los libros Occidente, ficciones, yo (1968), Apuntes sobre poesía española de posguerra (1970), Mi música es para esta gente (1975), Memoria del flamenco (1979), Elogio de la libertad (1984), Agenda flamenca (1985), Once artistas y un dios (1986), La calumnia (1987), García Lorca y el flamenco (1992), La vida breve (1995), Paco de Lucía y Camarón de la Isla (1998), Persecución (disco con un estudio sobre la marginación de los gitanos españoles, 1976), Grandes del flamenco (seis LP, antología y estudio, 1981).


- ¿Cómo llega el flamenco al alma de Félix Grande?

- Pues mira, mi padre y mi abuelo eran muy buenos aficionados y me acuerdo que discutían con mucha frecuencia. Mi abuelo decía que el cantaor que le ponía los pelos de punta más de prisa era El Niño de Almadén, y mi padre decía que no lo comparara con el Niño Gloria y ahí empezaba la disputa. Recuerdo que mi padre le decía lo que pasa es que la tierra tira mucho pero no lo compare usted con el Niño Gloria que cuando ese hombre cantaba una saeta hasta Jesucristo se desclavaba de la Cruz. Después yo empecé a ir al Flamenco en los años cuarenta en plena época de la ópera flamenca y además, en Tomelloso, que era donde vivíamos entonces, había mucha afición al Flamenco y además en los veranos venían a segar o a vendimiar cuadrillas de Andalucía y muchos gitanos, y entonces yo que vivía en las afueras del pueblo, de chiquillo me juntaba con los gitanitos o con los niños andaluces y tocábamos las palmas y aprendíamos compás. Y después empecé a ir al teatro, que se llamaba Teatro Cervantes, y venían todos los años lo que entonces se llamaban compañías, la compañía de Manolo Caracol con la Lola, la compañía de Manolo el malagueño, del Príncipe Gitano; allí vi bailar, la única vez que la he visto a carmen Amaya, allí escuché al Pinto que también llevaba su compañía y allí me fui haciendo aficionado para siempre.

- Yo descubrí a Félix Grande, bueno más que a Félix Grande a su voz, en el disco “Persecución” de “El Lebrijano”, donde me impresionó esa voz tan profunda.

- Ese fue un disco que hicimos con muchas ganas. El Lebrijano se creyó de verdad ese disco, lo cantó muy bien. Los dos guitarrista estuvieron bordados. Me acuerdo de un día que teníamos que grabar las galeras, y estaba previsto que se cantara por tangos, lentamente, pero queríamos darle unidad a toda la estructura musical del disco y le dije a Enrique de Melchor: “yo no sé qué decirte, lo único es que me gustaría que suene a agua a oleaje”. Enrique de Melchor se apartó diez minutos y volvió con la falseta de las galeras. Estábamos todos muy contentos con ese disco. Yo le di primero al Lebrijano un dossier con varias historias de los gitanos en España, seleccionamos las que más nos gustaban , le hice las letras, luego editamos el disco con un texto grande sobre la historia de esta persecución. Nos lo creímos todos y salió un homenaje muy bonito.

- Poeta, letrista de flamenco, ¿es lo mismo para usted?

- Las letras flamencas son muy difíciles, yo he escrito muchos libros de poesía, me han dado muchos premios, el Adonais fue el primero, también el Premio Nacional de poesía, el Premio Nacional de Flamencología, muchos premios de poesía, pero cada vez que me he puesto a intentar componer coplas flamencas... de todas las que he hecho no sé si me habrán salido dos o tres. Es muy difícil reunir en tres o cuatro versos una historia o el tuétano de una historia. Es muy difícil. Eso es un momento único dentro de la poesía española, pero único. Nunca se había cantado con tanta intensidad lírica y con tanta intensidad emocional la palabra poética, nunca había tenido tanta fuerza en tan pocas sílabas.

- Y sin embargo la lírica flamenca ha estado muy denostada.

- Aún ahora, bueno ya no está denostada, pero sí olvidada. Aún ahora las personas que se encargan de establecer los programas de estudios universitarios, que no sabemos quiénes son y si lo supiera tan poco lo diría porque sería como una delación, no han metido el cancionero flamenco en la celebración de la poesía dentro de la universidad, lo que no quiere decir que sean responsables los rectores ni los decanos ni los profesores, simplemente no está en el protocolo y entonces no se incluye. Lo que si está es el cancionero anónimo español y no sólo se estudia con mucho fervor, sino que incluso hispanistas le dedican su vida entera a estudiar y a celebrar esa poética que es hermosísima también , pero con la poética flamenca no ha pasado todavía, la razón la desconozco y hacer una hipótesis no quiero porque a lo mejor se me ocurriría algo un poco agresivo.

- Félix Grande también es ensayista, ¿qué tal se encuentra en esa labor de investigación flamenca, teniendo en cuenta la barrera que supone la falta de documentación?

- Ahora ya va habiendo documentación. Desde que salieron los primeros libros en los años cincuenta de Anselmo González Climent, de Antonio Mairena y Ricardo Molina..., a partir de entonces empezó a haber bibliografía. Incluso la que había anterior a esa época se desconocía por entonces, la primera edición del libro de Demófilo es de 1881, y cuando Federico García Lorca en 1922 escribió a favor del flamenco y escribió algunas frases sobre la copla espléndidas, no conocía el libro de Demófilo. Pero, a partir de los años cincuenta empezaron los intelectuales a cambiar de actitud, porque hasta entonces habían estado con reservas o con desdén hacia el Flamenco, pero cambiaron de actitud y empezaron a darse cuenta de lo que había ahí, empezaron a celebrar el flamenco y ahora hay miles de libros. Entre ellos por lo menos cien son útiles y si los visitas todos y haces fichas llegas a tener mucha documentación. Documentación musical hay menos porque ha habido muy pocos músicos que se hayan dedicado a investigar, aunque algunos ha habido como García Matos, Hipólito Rossy..., y lo que hay mucho es investigación de carácter antropológico o de carácter social, hasta de carácter político, sobre las letras, sobre los cantes... Ahora ya hay una buena documentación.
Lo que pasa es que sobre los orígenes siempre queda una nebulosa, aunque parece que lo que se va estableciendo ya definitivamente es que las primeras estructuras flamencas nacen a finales del siglo XVIII y se desprenden de los romances, de esto hay pruebas, por ejemplo Suárez Ávila del Puerto de Santa María, ha recogido viejos romances y vemos como algunas cuartetas de esos romances después nos la encontramos en forma de toná o martinete. Entonces los primeros cantes, las tonás y los martinetes, los cantes sin guitarra y las deblas son de finales del XVIII, más atrás no hay no hay ni un solo documento.

- Lo que sí hay es un germen que da origen a todo eso.

- El germen es increíble, el germen es un mestizaje maravilloso. Manuel de Falla dijo que el origen del Flamenco está en el asentamiento en Andalucía de las músicas orientales, en la llegada a la iglesia española de la liturgia bizantina y en el establecimiento en España de las primeras tribus de gitanos a partir del siglo XV. Ahora bien cuando las músicas orientales llegan a Andalucía se encuentran con las jarchas, con las músicas visigóticas, con las músicas romanas, griegas... y se va haciendo un mestizaje a través de siglos y de pronto revienta con unos gritos que son las tonás y desde el momento en que aparece, técnicamente han dejado de ser folclore y ha pasado a ser un cante muy específico para que sólo lo pueda interpretar alguien que tiene un privilegio en la garganta.
El Flamenco ha encontrado, ha construido un código expresivo posiblemente único en el mundo.

- ¿Y el momento actual del Flamenco cómo es? ¿Hacia dónde vamos? ¿Hacia un mestizaje total con otras músicas?

- El mestizaje ha ocurrido en el Flamenco antes de que existiera el Flamenco. La cantidad de músicas que hay en el subsuelo del Flamenco es una riqueza increíble. El mestizaje también debió empezar en el mismo momento en que empezó el Flamenco, el mestizaje o en todo caso la capacidad de creación. Si es verdad que el primer cantaor fue Tío Luis el de la Juliana o El Planeta o ... Pues el Planeta debió enseñar al Fillo, pero el Fillo seguro que ya no cantaba como el Planeta, él ya le puso su parte; y según parece el Fillo enseñó a cantar por seguiriyas a Franconetti, pero cuando Franconetti pasa por el Flamenco deja un abanico de formas abierto. Ya Demófilo en 1881 se quejaba del mestizaje, se quejaba de la posibilidad de que fueran a desaparecer las viejas tonás, las viejas seguiriyas, los viejos cantes originarios. Todos los grandes flamencos han sentido un profundo respeto por la tradición, han conocido muy bien los cantes de sus antepasados, pero si su corazón les ha pedido que le agreguen algo, le han agregado. De manera que ahora está pasando lo que ha pasado siempre, ¿qué va a quedar de toda esta fusión?, pues quedará lo que tenga fuerza emocional, lo que sea de verdad. Sin embargo lo que sea producto de la codicia, de la necesidad de ser famoso en cuarenta y ocho horas, eso desaparecerá, no hay que preocuparse, desaparecerá solito, el tiempo es un crítico feroz, pero justo. Yo no le tengo miedo a las aventuras, digamos heterodoxas, primero porque algunas de esas aventuras a lo mejor van a quedar en la herencia general del Flamenco, y segundo porque lo que no sea digno de quedar no va a quedar, el tiempo se lo va a llevar solo, como se debe haber llevado un montón de cosas que ya no podemos escuchar de la época de los cafés cantantes.

- Supongo que tendrás algunos cantaores predilectos.

- Sí, pero muchos.

- Pero entre ellos tiene que haber algunos que te duelan más que otros, esos que te erizan la piel con solo abrir la boca.

- Primero el que más me dolía era Caracol. Me gustó siempre el maestro Mairena porque era una enciclopedia, era una universidad y aprendías todos los cantes con él. Y luego la etapa de Camarón es una etapa maravillosa. Camarón tenía un don, tenía una voz que era capaz de convertir los cantes por tangos o por bulerías en algo que sonaba a seguiriyas. En Camarón todo suena con una energía que parece que viene del fondo del pozo del dolor. Y otro que me ha gustado siempre, y ahora incluso más, porque ahora tiene muchos años y se pelea ya no con el cante sino consigo mismo, es Fosforito, que es uno de los cantaores que mejor compás ha tenido en la historia del Flamenco. Y otro cantaor que admiro mucho es Enrique Morente, lo admiro mucho porque se sabe todos los cantes muy bien, tiene una voz muy hermosa, muy flamenca, y porque es una de las personas que más angustia creadora han puesto en su esfuerzo por expresarse dentro del cante.

- Para finalizar, ¿qué podemos decir de la familia de los Pavón?

- En la casa de los Pavón nació la cantaora más grande, posiblemente la más grande de toda la historia, digo esto con la reserva de que no hemos escuchado cantar a Mercé la Serneta por ejemplo, pero es previsible que no haya cantado ninguna mujer como ella nunca, pero no sólo mujeres, sino que en su época yo no sé si había cantaores que cantaban como Pastora.
Tomás Pavón era un artista de una profundidad, de una gravedad, de una sinceridad desgarradora, con una manera de ligar los tercios que nada tenía que ver con el poderío, con la exhibición del fuelle del diafragma, sino que tenía que ver con la estética y la forma, sobre todo en los cantes por soleá. Un hombre que debió ser magnífico, con una gran dignidad.
Allí, en la casa de los Pavón, aparece de pronto el primer piano, que en principio es como una especie de escándalo, pero ahí se ha asentado, y ahora mismo hay unos jóvenes pianistas excelentes que no existirían sin Arturo Pavón.
Hasta donde conocemos yo creo que no ha habido una familia como la de los Pavón en la historia del Flamenco