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jueves, 30 de octubre de 2014

ANÉCDOTAS FLAMENCAS II

José Francisco López

Retomamos las anécdotas flamencas con el mismo ánimo del número anterior de nuestra revista, es decir, siendo conscientes que la tradición oral ha podido variar elementos sustanciales de estas anécdotas. Pero como he dicho otras veces, sean más o menos ciertas, más o menos exactas, reflejan, en casi todos los casos, una manera de entender el Flamenco, la Música, la vida en general. No cabe la menor duda que son un elemento sustancial para el conocimiento de épocas, maneras de sentir y, en definitiva, maneras de vivir…

Esa manera de vivir, de ser, es lo que se descubre al conocer que la genial Carmen Amaya tenía una generosidad sin límites. Decía en una entrevista periodística: "No; de verdad que no he manejado nunca plata; me estorba, y no creo que se haya dado el llegar a casa a acostarme con dinero encima. Hay muchas desgracias por el mundo, y si por casualidad lo tengo, al primero que me lo pide se lo doy, o si no me lo pide nadie, pago por un paquete de cigarrillos diez veces más de lo que vale, pero ya me voy sin la preocupación de tener ni una perra chica encima y me duermo a gusto".

En otra ocasión le preguntaron sobre la fama:

- “­Carmen, ¿qué dices tú al sentirte tan famosa?”
- “­Mira, a mí lo que me interesa es lo feliz soy con mi marido y un tomate recién sacado de un huerto. Yo con eso me conformo”.


Manuel Barrios ha contado que en casa de Manuel Torre ocurría, cada noche, algo sorprendente, y es que las vecinas esperaban hasta que Manuel llegaba “a las tantas” de trabajar, porque les susurraba la nana a sus niños y ellas esperaban para escucharlo.

Relacionado con Manuel Torre es el delicioso pasaje del libro de memorias “La arboleda perdida” de Rafael Alberti, donde nos cuenta como en una fiesta en la residencia de Ignacio Sánchez Mejías en Pino Montano llegaron el guitarrista “Manuel Huelva, acompañado por Manuel Torres, el Niño de Jerez, uno de los genios más grandes del cante jondo. Después de unas cuantas rondas de manzanilla, el gitano comenzó a cantar, sobrecogiéndonos a todos, agarrándonos por la garganta con su voz, sus gestos y las palabras de sus coplas. Parecía un bronco animal herido, un terrible pozo de angustias. Mas, a pesar de su honda voz, lo verdaderamente sorprendente eran sus palabras: versos raros de soleares y siguiriyas, conceptos complicados, arabescos difíciles.
–¿De dónde sacas esas letras? –se le preguntó.
–Unas me las invento, otras las busco.
–A propósito –dijo entonces Ignacio–. ¿Por qué no cantas eso que tú llamas “las placas de Egito”?
Sin casi dejarnos tiempo a la sorpresa ante tan peregrino título, Manuel Torres se arrancó un extraño cante, creado totalmente por él. Al acabar, después de un breve silencio estremecido, le rogamos nos explicase cómo había llegado a ocurrírsele aquello.
El gitano, seria y sencillamente, nos contó:
–Una noche me llamaron unos señores amigos. Fui. Por más que se bebió y me jalearon, yo no estaba esa noche para cante. Lo poco que hice, lo hice mal. No me salía. La voz no se me daba. Me tuve que marchar muy triste y preocupado. Anduve solo por las calles, sin saber qué hacía. Al pasar por la Alameda de Hércules, me paré ante un kiosco de la feria a escuchar un gramófono. Las placas daban vueltas y vueltas cantando yo no sé qué historia del rey Faraón. Seguí para mi casa con todo aquello en la cabeza. Cuando ya iba pasando por el puente de Triana, se me aclaró la voz de pronto y empecé a cantar eso que acaban de oír ustedes: “Las placas de Egito.”
Nos quedamos atónitos, y más, comprendiendo que lo que el genial cantaor había escuchado en la feria eran seguramente –e Ignacio nos lo corroboró después– algunos discos, que por entonces muchas gentes los llamaban placas, de “La corte de Faraón”, divertida zarzuela, famosísima en toda España. Y aquello que todos pensamos, lógicamente, serían las plagas de Egipto para Manuel Torres fueron las placas, llegando así el gitano por ese camino de lo popular, compuesto a veces de ignorancias o fallas de la memoria, a su rara y magnífica creación: una nueva copla de cante jondo, sin sombra ya de tan absurdo modelo.
Manuel Torres no sabía leer ni escribir; sólo cantar. Pero, eso sí, su conciencia de cantaor era admirable. Aquella misma noche, y con seguridad y sabiduría semejantes a las que un Góngora o un Mallarmé hubieran demostrado al hablar de su estética, nos confesó a su modo que no se dejaba ir por lo corriente, lo demasiado desconocido, lo trillado por todos, resumiendo al fin su pensamiento con estas magistrales palabras: “En el cante jondo –susurró, las manos duras, de madera, sobre las rodillas– lo que hay que buscar siempre, hasta encontrarlo, es el tronco negro de Faraón”.
García Lorca, otro de los asistentes a aquella fiesta rememorada por Rafael Alberti, escribió en sus “Viñetas flamencas” de “Poema del cante jondo” la siguiente dedicatoria:
“A Manuel Torres, Niño de Jerez, que tiene tronco de Faraón”.

A continuación referiremos la siguiente anécdota, que comentó en una conferencia nuestro querido Félix Grande, y que tiene como protagonistas a varios de los mejores guitarristas de la historia del flamenco, y que decía más o menos así: "Hace años, Sabicas ofreció una actuación en Madrid. Y unos días después, Manolo Sanlúcar. Éste, que vio que Paco de Lucía estaba en la segunda o tercera fila, se dirigió al público y pidió un aplauso para “el más grande guitarrista de la historia”, que está entre nosotros. Después, estaba en una taberna cercana el propio Paco de Lucía con los también grandísimos guitarristas Pepe y Juan Habichuela, Serranito y el marido de Manuela Carrasco, cuando llegó Manolo Sanlúcar. Paco le dijo:

- Ha pasado una cosa muy grave. En una fila del final, estaba el maestro Sabicas.

 Manolo Sanlúcar se puso blanco. A la mañana siguiente, cuando se levantó, buscó una floristería en Madrid, donde estaba todo cerrado, y le envió un ramo de flores a Sabicas con la siguiente nota: “Perdone, usted, maestro”.

Algunos artistas han acabado en la cárcel o ante un juez por razones curiosas. Antonio el bailarín, en su libro “Mi diario en la cárcel”, recueda una condena por blasfemia que le llevó a la cárcel. Eran los últimos años del franquismo cuando el bailarín rodaba en la plaza de Arcos de la Frontera El sombrero de tres picos, bajo la dirección de Valerio Lazarov. En un momento dado lanzó una exclamación que un cabo de la Policía Municipal juzgó irreverente. Fue juzgado y encarcelado por blasfemia y escándalo público.

A José Domínguez, El Cabrero, también lo condenaron por blasfemar. Así lo cuenta Félix grande en su “Agenda Flamenca”: “El Cabrero cantaba en Alcolea, un pueblo cordobés, tras una discusión de carácter familiar, el cantaor tuvo un fallo de voz y una pequeña parte del público comenzó a berrear, en alusión a su condición de pastor de cabras. El Cabrero, en estado de gran excitación nerviosa, abandonó el escenario con la frase ¡me c… en Dios!, habitual en el mundo rústico en que se desenvuelve. El Cabrero fue procesado y condenado por el juzgado de instrucción a cinco meses de prisión. Sus abogados consiguieron reducir a dos meses esa sentencia.”





Cuentan que en otra ocasión el cantaor Ignacio Espeleta, del que se dice que era un poco vago y también muy gracioso, fue detenido por la policía. Ocurrió que el cantaor todas las tardes iba después de comer a una plaza cerca de su casa. Se sentaba y echaba la siesta. Una vez hubo unas huelgas con obreros pidiendo la jornada de trabajo de ocho horas. La policía hizo una batida y en una de ésas, Ignacio, que era conocidísimo en Cádiz, y estaba por allí acabó pillado y en comisaría. El inspector fue tomando declaración uno a uno, y cuando llega a él, le dice:

- “Pero hombre, don Ignacio, ¿de modo que usted también pide las ocho horas de trabajo?”

- “Pero ¿qué está usted hablando, ocho horas de trabajo? Yo, ni dos minutos”, respondió Ignacio.


Félix Grande me contó que presenció una especie de duelo flamenco entre un Camarón en plenitud y un Caracol, ya mayor, en la Venta Vargas. A mí me lo contó en Arahal, en el transcurso de una comida cuando vino a recoger el galardón “Verde que que quiero verde” en el V Memorial Niña de los Peines “Al Gurugú” en junio de 2006, aunque me consta que la ha referido en otras ocasiones, de hecho voy a reproducir la anécdota tal y como la cuenta literalmente Carlos Lencero, en su libro “Sobre Camarón. La leyenda del cantaor solitario”.  El origen de la historia se remontaba muchos años atrás cuando Camarón, siendo un niño todavía, le cantó al maestro Manolo Caracol en la Venta Vargas, y parece que el genio sevillano comentó simplemente “no está mal”, sin darle más importancia. Parece que Camarón lo guardó siempre en su alma como una especie de afrenta, que muchos años después quedó saldada. Carlos Lencero lo cuenta así:
“Félix Grande, en un largo artículo que escribió tras la muerte de José, cuenta una anécdota en la que creo dice no haber estado él presente, pero que le fue narrada por un espectador fiable.
La anécdota, contada un poco libremente y dándole unos ligeros toques narrativos, podría inaugurar un nuevo género cinematográfico: el western flamenco.
Es de noche cerrada. Sin luna. Una venta en el campo, alejada de la ciudad. Unas chumberas. En el amarradero, un bonito cartujano. Una voz y una guitarra surgen desde el interior de la venta. Una reluciente Harley Davidson, niquelada y silenciosa como la muerte, se detiene frente a la venta. El hombre que la conduce piensa que sólo Manolo Caracol puede estar haciendo aquello con el cante.
Sentado de espaldas a la puerta, un codo en la mesa, una copa de cazalla en la mano, la otra divagando por el espacio infinito, Caracol canta por fandangos. Es fácil reconocer el tono de la guitarra: el cuatro por medio. El cuatro por medio era el tono natural de Camarón y en la guitarra se corresponde con el do sostenido modal.
Las puertas abatibles de la venta se abren y un hombre joven, vestido de cuero negro con chapeados de níquel en la chupa, botos jerezanos negros, gafas negras y pelo rubio, aparece en escena. Se adelanta unos pasos y se coloca en un segundo plano, entre Caracol y el guitarrista. Cuando Caracol remata su fandango, el joven rubio le indica al tocaor que ponga la cejilla en el cinco por medio. Caracol vuelve un poco la cabeza, lo mira, y lo reconoce:

-¿Qué pasa, Camarón?
-Nada, maestro. Pasaba por aquí, le escuché y me tuve que parar. Además, la verdad, tenía ganas de cantar un rato.

Camarón cantó al cinco por medio y el silencio se espesó como la nata. Caracol remató la cazalla. Y pidió otra. Mientras se la servían, dijo: Ponla al seis por medio, muchacho. El guitarrista puso cara de estúpido. Camarón sonrió. Caracol arrancó muy fuerte y llegó justo al remate con las manos cerradas. Y dijo:

-¿Tú quieres tomar algo, José?
-Gracias, maestro. Pero no. Y tú, ponla al siete por arriba.

Caracol se aflojó el pañuelo florido que llevaba en el cuello. Mientras José cantaba, cerró los ojos. Vio al niño rubio, canijo, blanco, insignificante. Se vio a sí mismo, un rey viejo y borracho. Y escuchó:

En mi mente,
el orgullo y el querer
se pelean en mi mente;
una guerra sin cuartel
donde no existe la muerte;
sólo existe una mujer
            ANTONIO SÁNCHEZ PECINO

El silencio, ahora, se podía cortar con un cuchillo como se corta un queso de bola. Caracol se puso en pie, apretó los puños y salió a la arena del siete por medio:

Que me costó un dineral,
yo tenía un caballo bayo
que me costó un dineral,
y ahorita lo ando vendiendo
por lo que me quieran dar.
¡Esa es la pena que tengo!
            POPULAR

Y cayó reventado en la silla. Las venas del cuello y de la frente como enormes espaguetis azules. Sin aire. Casi sin vida, levantó la copa de cazalla al aire con la grandeza y el misterio de los perdedores. Y luego, siguiendo su costumbre, atornilló el aguardiente de un trago.
Antes de que pudiera dejar la copa sobre la mesa, Camarón dijo:

-Ahora le voy a cantar un fandango, que se lo dedico yo a usted... Pon la cejilla en el ocho, tío. Por Huelva.

María Picardo lloraba en un rincón de la cocina. No había querido verlo. Oírlo solamente ya le hacía llorar. Ella y Juan Vargas sabían, desde que vieron aparecer a Camarón, que la sangre de la música iba a brillar para siempre chorreando en las paredes de la Venta.

Malpago,
adiós, calle del Malpago,
cuántos paseos me debes,
cuántas veces me han tapao
la sombra de tus paredes,
las tejas de tus tejaos.
            POPULAR

Camarón apoyó una mano en un hombro de Caracol y le apretó suavemente. Luego, despacio, muy despacio, el hombre vestido de negro desapareció tal y como había venido.”

martes, 14 de julio de 2009

MANOLO CARACOL, 100 AÑOS DE JONDURA

Es Manolo Caracol, sin lugar a dudas, uno de los pilares que sustentan el Flamenco. Y digo bien, sin ninguna duda, le pese a quien le pese.
Manuel Ortega Juárez, hijo de Manuel Ortega Fernández y Dolores Juárez Soto, nació un 7 de julio de 1909, a las 3 de la tarde, en el número 10 de la calle Lumbreras de Sevilla. Y si es verdad, que la genética influye decisivamente en nuestro ser, Manolo Caracol tenía todas las papeletas para se un artista inmenso, ya que por sus venas corría la sangre de una estirpe de cantaores y toreros, los Ortega. Así llevaba el duende de Francisco Fernández Ortega, Curro durse; Enrique Ortega Díaz, el señor Enrique el Gordo; Enrique Ortega el Almendro; la señá Gabriela Ortega y sus hijos: Fernando, Rafael el Gallo, y el legendario Joselito el Gallo; y muchos más que, a distintos niveles, pero siempre artistas, formaban parte de la estirpe de Manolo Caracol.
Se casó en San Lorenzo con la jerezana Luisa Gómez Junquera, apadrinando la boda el célebre Cagancho. De esta unión nacieron 4 hijos: Luisa, Enrique, Lola y Manuela.
Empezó a cantar desde muy niño, triunfando en el célebre concurso de Granada de 1922. Tras ese gran éxito, fue contratado para varios espectáculos, cantado con los más grandes de la época, desde La Niña de los Peines, hasta Chacón o Manuel Torre. Además se ganó la vida actuando en fiestas privadas, hasta la irrupción de la Guerra Civil.
Terminada la guerra , toma parte en el espectáculo Cuatro faraones, en unión de El Sevillano, Juanito Valderrama y Pepe Pinto. A partir de 1944 formó pareja artística con Lola Flores, presentando el espectáculo Zambra, de Quintero, León y Quiroga, con el que, partiendo de Madrid, viaja por toda España durante varios años. Lola Flores y Caracol dejaron de ser pareja artística en torno al año 1950, y hasta esa fecha nos dejaron mucho arte, y esas “estampas escenificadas”, que dieron lugar a varias películas, como “Embrujo” o “La Niña de la Venta”.
Tras la separación artística de Lola Flores, y después de una gira por América con Pilar López, en 1951 estrena el espectáculo “La copla nueva”, para presentar al público a su hija Luisa. Intentó en cierta medida reeditar los éxitos que había tenido con Lola Flores, pero no lo consiguió.
En 1958 se editaron unas grabaciones con el título “Una historia del cante”, acompañado por Melchor de Marchena y dirigido por el profesor García Matos. Son 24 temas imprescindibles en la historia de Caracol, y en la historia del Flamenco.
En 1963 inaugura en Madrid el mítico tablao “Los canasteros”, por donde pasaron los grandes cantaores de la época.
El 24 de febrero de 1973, muere en accidente de tráfico.
Manolo Caracol fue reconocido con innumerables homenajes y galardones, entre los que destacan la Orden de Isabel la Católica.
Caracol era un cantaor extraordinario, que supo darle a cada palo que interpretaba su propia personalidad. Él siempre alardeó de esa personalidad en sus interpretaciones con declaraciones como: “No he copiado a nadie. Yo he hecho un teatro, yo he creado una escuela, y yo lo que canto es mío y no me parezco a nadie. Malo, bueno, regular, peor, es de Manolo Caracol...”, “…quién iba a decirle a Enrique el Mellizo, ni a Silverio, ni a Chacón, ni a Tomás el Nitri, que yo iba a cantar con piano y que iba a cantar La salvaora a la terminación del cante por malagueñas...”
Fue tachado por algunos de heterodoxo, por hacer cosas que hoy se ven con la mayor naturalidad como cantar con orquesta o con piano. Y es que algunos todavía no se han enterado que todas las artes están vivas y, desde el respeto a la tradición, tienen que evolucionar para no ser un reducto arcaico del pasado. Caracol siempre defendió ese criterio: “Se puede cantar a orquesta y se puede cantar con una gaita. Con todo se puede cantar. Con una gaita, con un violín, con una flauta…”
Manolo Caracol defendió una manera de cantar, una manera de interpretar: “Yo cuando canto no me acuerdo ni de Jerez, ni de Cádiz, ni de Triana; ni me acuerdo de nadie. Yo intento hacer los cantes a media voz, que es como duelen. Esa es la hondura. Porque el cante no es ni de gritos ni pa sordos. El cante hay que hacerlo caricia honda, pellizco chico. El que se pone a dar voces, ese no sirve...”

Para finalizar este pequeño homenaje al maestro Manolo Caracol he seleccionado partes de una entrevista que le realizó Julián Cortés-Cavanillas en la década de los 60 y que fue publicada por el diario ABC:


- Manolo, tu confesión empieza. ¿Cuéntame por qué te llamaron, te llaman y te llamas "Caracol"?
-Porque mi padre, cuando chico, estando un día en Cádiz en casa de su tía la "Señá Gabriela", madre de los "Gallos", tiró un pelotazo en una olla de caracoles que se estaban guisando. Y como la tía dijo: "¡Sabía que esto iba a pasar, "Caracol"!, de ahí este apellido, que se convirtió en nombre artístico.

-Tú que estas considerado el Señor con mayúscula, del "cante", ¿quién crees que es la reina entre las "cantaoras"?
-Sin duda alguna fue, es y sigue siendo "La Niña de los Peines".

-De los cantes de origen gitano, como la "siguiriya", las "tonás", las "corridas o romances", la "soleá", los "tangos" o las "bulerias", ¿cuál prefieres?
-La "siguiriya".

-¿Quién fue el más genial "cantaor" andaluz?
-Genial de los que yo oí, Manuel Torres, y de los que no he oído, por las referencias, Tomás "el Nitri".

-Y como "bailaora" flamenca, ¿quién fue la mejor?
-Estoy seguro que la "Macarrona" es la que ha bailado como nadie en el mundo.

-De los cafés de cante, ¿cuál crees que por sus figuras ha sido el más ilustre?
-Pues "El Burrero", de Sevilla, en la calle de las Sierpes, el más primitivo y completo. De ahí salió la "Mejorana", madre de Pastora; después Gabriela, la madre de los "Gallos"; allí debutó la "Macarrona", y así no acabaríamos nunca.

-¿Cómo definirías el "cante"?
-Pues como don José María Pemán: "El cante es un echar por delante las cosas del corazón." O como González Hervás: "¡Po no es difisi poder definí lo que e er cante! Es como queré sabé por qué Dios iso d’un güeso a la primera mujé."

-Manolo, ¿cuál es el rasgo fundamental de tu carácter?
-Ser muy brusco, pero con un corazón muy grande.

-¿Y tu mayor defecto?
-Eso mismo, sin la segunda parte.

-De tus noches flamencas, ¿cuál recuerdas con más emoción?
-Hace muchos años, en el Palacio de las Dueñas, una fiesta organizada por los duques de Alba, con la Reina victoria Eugenia y el príncipe de Gales junto al "tablao" y el Rey Alfonso XIII paseando por el patio con Primo de Rivera y Cruz Conde, mientras yo cantaba esta copla:

Desde el mismo Rey "pa" bajo
no le tengo envidia a nadie,
tengo mi buena mujer,
mi jaca torda y mi madre,
¿qué más puedo apetecer?

-¿Cuál es la copla que has cantado con más sentimiento?
-Yo siempre canto con mucho sentimiento por "siguiriyas", pero la canción que siempre me emocionaba más era "La Niña de Fuego", que interpretaba con Lola Flores.

-¿En qué consiste la originalidad de tu cante?
-En crearlo siempre y en hacer siempre cosas nuevas. Yo inventé un fandango llamado "caracolero", como igualmente he sido el primer gitano puro que ha llevado los verdaderos "cantes" a la gran orquesta.

-Si te dijeran que quedaba una sola hora de vida, ¿qué harías en ese tiempo?
-Reunir a los míos y, acompañándome con una guitarra, cantar por "siguiriyas".

-¿Qué escribirías como epitafio para tu tumba?
-"Sigo cantando en la gloria".